Ficción · Misterio

El piso que no existe

El ascensor tiene doce botones. Esta noche se detiene en el trece.

En el edificio había doce pisos. Lo sabía porque había subido y bajado sus escaleras durante una mudanza interminable, cargando cajas que siempre pesaban más al llegar al último descanso. Mi departamento estaba en el noveno. El ascensor tenía doce botones, uno para planta baja y otro para abrir la puerta. Lo usaba todos los días. Por eso, cuando la noche del jueves el indicador marcó trece, pensé primero en una falla del display. Incluso me acerqué para ver si la luz del tres estaba formando mal un dos.

Las puertas se abrieron frente a un pasillo que olía a pintura fresca. El nuestro olía a comida, a productos de limpieza y a la humedad de una maceta demasiado regada. Allí no había macetas. Las paredes eran lisas, las lámparas tenían una luz blanca y las puertas no tenían números. Al fondo vi una mesa con un sobre. Mi nombre estaba escrito en él. No un nombre parecido. Mi nombre completo, con el segundo apellido que casi nunca usaba.

Salí para leerlo mejor. A mi espalda las puertas del ascensor se cerraron sin hacer ruido. Oprimí el botón de llamada y su luz no se encendió. No había señal en el teléfono. Me dije que estaría en el piso de las instalaciones, que el sobre sería de la administración y que el olor a pintura venía de una reforma. Caminé hasta la mesa mientras repetía esas explicaciones. La superficie estaba libre de polvo. Debajo del sobre había una marca circular, como la que deja una taza caliente.

Adentro encontré una fotografía. Mostraba el mismo pasillo, la misma mesa y el mismo sobre abierto. Yo estaba delante de ella, mirando una fotografía. A mi espalda había una puerta entreabierta. Me di vuelta. La puerta existía, pero estaba cerrada. Volví a mirar la imagen. En la abertura se veía un pedazo de alfombra verde. Mi departamento tenía una alfombra así, una compra de la que me arrepentía desde el día que la llevé a casa.

No abrí la puerta enseguida. Busqué una salida de emergencia. Al fondo del pasillo había un cartel con una flecha, pero apuntaba hacia una pared. La toqué. Estaba fría y dura. Regresé a la mesa. Ahora el sobre estaba cerrado. Pensé que lo había cerrado yo sin darme cuenta. Lo abrí otra vez y la fotografía había cambiado. Mi espalda seguía en primer plano, pero mi mano ya estaba puesta sobre el picaporte de la puerta. En el borde aparecía una mujer con una carpeta.

Oí una llave al otro lado y retrocedí. La puerta se abrió apenas. Vi mi departamento, aunque no tenía muebles. En el piso quedaban marcas de polvo donde debería estar el sillón. La pared conservaba un rectángulo limpio del tamaño del cuadro que mi madre me había regalado. La alfombra verde estaba enrollada junto a la ventana. Tenía una mancha oscura que yo no recordaba. Me acerqué a la abertura y escuché a una mujer hablando por teléfono.

«Está vacío desde hace años», dijo. «Los vecinos prefieren no hablar del tema». Entró con la carpeta debajo del brazo y dejó las llaves sobre la mesada. Eran mis llaves: reconocí el llavero de metal que había doblado intentando abrir una botella. La mujer recorrió el living. Yo permanecía detrás de la puerta, haciendo un esfuerzo absurdo por respirar sin ruido. Cuando se dio vuelta me vio. No gritó. Su cara fue la de alguien que reconoce un error en una cuenta.

«Vos no tendrías que estar acá todavía». Dejó la carpeta en el piso y dio un paso atrás. Le pregunté si era de la inmobiliaria. Miró la foto que yo seguía sosteniendo y preguntó si ya había leído el reverso. No lo había hecho. Di vuelta la imagen. En letras diminutas decía: «Entrega de unidad. Propietario presente». Debajo había una fecha que no entendí al principio. Era del año siguiente. La mujer me pidió que dejara la fotografía sobre la mesa del pasillo.

Le hice caso, pero antes miré la carpeta. Había una hoja con el plano del edificio. Doce pisos y un espacio sin número sobre el último. Le pregunté para qué servía. Cerró la carpeta con el pie, sin apartar la mirada de mí. «No es un piso», dijo. «Es lo que queda cuando alguien no termina de irse». Se escuchó una llave en la cerradura del otro extremo del departamento. La mujer empezó a llorar en silencio. Me pidió que me fuera antes de que entrara el dueño.

Corrí al ascensor. El panel ya no marcaba trece. En la pared había un único botón: planta baja. Lo apreté con la palma. Detrás de mí se abrió la puerta del departamento y alguien dijo mi nombre. No era la mujer. La voz se parecía a la mía después de pasar varios días sin dormir. Las puertas del ascensor se cerraron. En el reflejo del metal vi que una mano había quedado apoyada sobre mi hombro, aunque no sentía ningún peso.

Cuando llegué al hall, el encargado estaba barriendo. Me preguntó por qué había bajado por la escalera si el ascensor estaba fuera de servicio desde la tarde. Miré hacia arriba. Una cinta roja atravesaba las puertas. Le dije que venía de la calle. Me observó los zapatos. Tenían polvo blanco, como si hubiera caminado por una obra. «Entonces no subas por ahí», dijo. No me preguntó nada más. Volví al noveno por la escalera contando cada descanso.

En casa todo estaba en su lugar. Dejé las llaves, prendí la luz y respiré. El cuadro de mi madre seguía colgado. La alfombra no tenía manchas. Revisé la mesada, el sillón y hasta el interior del placard, como si una comprobación más pudiera devolverme aquella noche a la normalidad. Debajo de la puerta encontré un sobre. Esta vez no lo abrí. Lo di vuelta para tirarlo y vi que alguien había escrito: «Cuando estés listo». La letra era la mía.

Al día siguiente pregunté por el plano del edificio. El encargado dijo que estaba guardado en el cuarto de mantenimiento y que no podía mostrármelo. Sin embargo, al escuchar mi segundo apellido se quedó mirando el sobre que yo llevaba en la mano. Me pidió que nunca lo dejara dentro del ascensor. Volví a casa dispuesto a quemarlo. Antes de encender el fósforo, sonó el timbre. Desde el otro lado una mujer preguntó si podía entrar a mostrar el departamento. Dijo que el propietario estaba presente.

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