Clásico · Halloween
El corazón delator
Adaptación abreviada en español redactada para el portal a partir del original inglés de dominio público. No es una traducción íntegra.
Una habitación a oscuras. Una confesión que insiste en ser razonable. Un latido que nadie más parece oír.
El hombre que cuenta esta historia quiere demostrar, ante todo, que conserva la razón. Habla de su oído, de lo preciso que se volvió, de los sonidos que logra distinguir en medio del silencio. Pide que lo escuchen con atención: si puede ordenar cada detalle, cree, nadie tendrá derecho a llamarlo loco.
No odiaba al anciano. Tampoco necesitaba su dinero. Lo que no soportaba era uno de sus ojos, pálido, cubierto por una película que le recordaba la mirada de un ave de presa. Cada vez que ese ojo se posaba sobre él, sentía que algo se enfriaba por dentro. Terminó convencido de que, si lo eliminaba, recuperaría la tranquilidad.
Durante siete noches se acercó a su dormitorio. Abría la puerta con una lentitud extrema e introducía una linterna cubierta, dejando escapar apenas una línea de luz. Pero el anciano dormía con los ojos cerrados. Eso bastaba para que retrocediera: su obsesión no tenía entonces dónde apoyarse.
La octava noche, un ruido lo traicionó. El anciano se incorporó y preguntó quién estaba allí. El hombre permaneció inmóvil, sin contestar. Los dos escucharon la oscuridad durante un tiempo que pareció interminable. Finalmente dejó salir un hilo de luz. Esta vez encontró abierto el ojo que lo aterraba.
Entonces creyó oír el corazón del anciano. Primero bajo, luego acelerado, cada vez más fuerte. Imaginó que los vecinos podían escucharlo también. El miedo se transformó en una urgencia insoportable. Saltó hacia la cama y puso fin a la vida del hombre al que aseguraba querer.
Escondió el cuerpo debajo de las tablas del piso y borró las señales visibles. Cuando llegaron tres policías, se sintió preparado. Un vecino había oído un grito. Él explicó que había gritado durante un sueño y que el dueño de casa estaba ausente. Los invitó a revisar y terminó llevando unas sillas al dormitorio.
Se sentó justo encima del lugar que había elegido para ocultar su crimen. Conversaba con facilidad. Los policías parecían satisfechos. Pero apareció un sonido débil, repetido, que comenzó a llenar los espacios entre sus palabras. Era aquel latido. El hombre habló más alto, caminó por la habitación y movió la silla. El ruido no dejó de crecer.
Los visitantes seguían sonriendo. Él interpretó esa calma como una burla: pensó que lo habían descubierto y esperaban verlo derrumbarse. Ya no pudo tolerar ni el sonido ni sus propias explicaciones. Confesó y señaló las tablas. La historia termina sin darnos una medida objetiva de aquel latido. Lo que escuchamos, desde el principio, es la voz de quien no consiguió escapar de su culpa.
Fuente tomada de: Project Gutenberg · The Works of Edgar Allan Poe, Volume 2