Ficción · Halloween
El merodeador
Todas las noches se detiene de espaldas a una ventana distinta. Esta vez lleva una campanita. Y ya está en el patio.

La primera vez estaba junto al contenedor de la esquina. De espaldas, con un piloto marrón que le quedaba corto de mangas. Irene lo vio al volver del trabajo y cruzó la calle. El hombre no la siguió. Esa noche, mientras lavaba un plato, lo encontró del otro lado de la ventana de la cocina. Seguía de espaldas. Entre los dedos le colgaba una campanita de bronce.
Irene retrocedió sin cerrar la canilla. La casa tenía un patio largo y un portón con pasador; para llegar hasta esa ventana había que atravesar los dos. El hombre levantó la mano. No golpeó el vidrio. Hizo sonar la campanita una sola vez. Desde el comedor, una silla se arrastró unos centímetros. Irene la había dejado metida debajo de la mesa.
Buscó el teléfono y llamó a su hermano. Mientras esperaba que atendiera, miró hacia el patio. Vacío. Salió con una linterna, revisó el pasador y encontró un botón marrón enganchado en el alambre del portón. Lo dejó sobre la mesada. Su hermano llegó media hora después, recorrió la casa y le dijo que pusiera una cámara. Se quedó hasta que ella pudo comer algo.
A la noche siguiente, el hombre estaba frente a la ventana del comedor. De espaldas. Irene le alumbró la nuca con la linterna. Tenía una franja de piel hundida alrededor del cuello, como la marca que deja un cuello de camisa demasiado ajustado. La campanita sonó dos veces. En el dormitorio, algo golpeó despacio contra la pared. Dos veces también.
Irene no volvió a acercarse al vidrio. Se encerró en el baño y llamó a la policía. Cuando llegaron, el patio estaba vacío y el portón seguía trabado. Uno de los agentes encontró barro sobre el borde de la ventana del comedor. No había marcas de pies debajo. Había cinco surcos largos en el revoque, separados como los dedos de una mano abierta.
A la mañana fue a hablar con la vecina. La mujer escuchó sin interrumpirla. Después le preguntó cuántas veces había sonado la campana. Irene se lo dijo. La vecina dejó la taza en la mesa y fue a buscar sus llaves. «Hoy dormí en lo de tu hermano». No quiso mirar el botón que Irene llevaba en la palma. Lo empujó hacia ella con el borde de una servilleta.
Irene volvió a su casa para guardar ropa. Eran las cinco de la tarde; había chicos jugando en la vereda y una radio encendida en el taller de al lado. Al pasar frente al dormitorio vio una mancha marrón detrás del vidrio. El hombre estaba en el patio, pegado a esa ventana. La luz del día le mostraba las costuras del piloto. En la espalda tenía un pequeño desgarrón. Por el agujero no se veía una camisa. Se veía oscuridad.
La campanita sonó tres veces. Irene dejó caer el bolso. Desde el baño llegó el ruido del botiquín al abrirse. Tres golpes del espejo contra los azulejos. Corrió hacia la puerta de calle. El picaporte bajó, pero la hoja no se movió. Del otro lado había algo apoyado contra ella. No empujaba. Solamente pesaba.
La vecina la oyó golpear y apareció por la vereda. Irene gritó su nombre. La mujer tocó el portón y retiró la mano como si quemara. «No lo busques en las otras ventanas», dijo. Irene miró hacia el comedor. Un dedo larguísimo asomó por encima del marco, por afuera, y se dobló despacio hasta tocar el vidrio. La campana empezó a balancearse. Todavía no sonaba.
Irene se agachó y cerró los ojos. Se quedó con la frente contra la puerta, escuchando el zumbido de la heladera y a su vecina respirar del otro lado. El primer tintineo llegó desde el patio. El segundo, desde la cocina. El tercero sonó junto a su oreja. Antes del cuarto, la puerta cedió. La vecina la agarró del pelo y del hombro y la sacó de un tirón.
Desde la vereda vieron encenderse una luz en el dormitorio. La persiana estaba baja. Una sombra pasó por detrás, muy alta, y se inclinó hasta quedar a la altura de la cama. Irene le preguntó a la vecina qué era eso. La mujer seguía apretándole la muñeca. «El de antes también lo dejaba mirando para afuera». No dijo nada más.
Volvieron con la policía. Encontraron la puerta del baño arrancada y el botiquín vacío. En el dormitorio, la cama estaba corrida hasta la pared. Debajo del colchón habían doblado con mucho cuidado un piloto marrón. Tenía el mismo desgarrón en la espalda. Nadie quiso ponerse los guantes para levantarlo hasta que llegó otro agente.
Irene no volvió a dormir ahí. La casa quedó cerrada y su hermano se encargó de vaciarla. Tres semanas después la llamó desde el dormitorio. Le preguntó si había dejado una campanita dentro del piso. «La escucho cuando camino», dijo. Irene le pidió que saliera. Antes de que pudiera repetirlo, oyó a su hermano apartar el teléfono y decir, muy cerca del micrófono: «Ah, mirá. Acá abajo hay una ventanita».
