Ficción · Halloween
La huésped de la seis
Una llave aparece sobre el mostrador del hotel. La habitación a la que pertenece lleva años cerrada. Rocío está sola en recepción.

La llave apareció sobre el cuaderno mientras Rocío buscaba una lapicera. Era de bronce, larga, con una cinta azul anudada en el aro. La levantó para mirar la etiqueta. Todavía estaba tibia. Del otro lado del mostrador no había nadie. Rocío asomó la cabeza hacia la puerta de calle: el cierre de arriba seguía puesto.
Pensó en el viajante de la cuatro. Había bajado un rato antes a preguntar dónde podía comprar cigarrillos. Lo llamó por el interno. Él atendió medio dormido y dijo que no había salido. Rocío miró el reloj: faltaban veinte minutos para las dos. Llevaba seis horas de turno; quizá había confundido a un huésped con otro.
El hotel era chico. Desde la recepción se veía la escalera, un pedazo del comedor y el pasillo que terminaba en la puerta del patio. Rocío dejó la llave junto al timbre y volvió a las planillas. Arriba se abrió una canilla. Después sonó un golpe de cañería, el mismo que había oído durante toda la tarde. Esperó a que el agua se cortara. Pasaron varios minutos.
Una mujer apareció al pie de la escalera. Llevaba el abrigo doblado sobre un brazo y las medias puestas, sin zapatos. «Se me quedó abierta», dijo. Rocío le preguntó en qué cuarto estaba. La mujer señaló la llave del mostrador. Rocío miró hacia abajo para alcanzársela. Cuando volvió a levantar la vista, la mujer ya subía. La madera no crujió bajo sus pies.
La etiqueta decía seis. Rocío buscó ese número en la planilla y encontró una línea tachada. Probó llamar al dueño. No atendió. Le dejó un mensaje y fue al comedor a llenar un vaso. Desde ahí vio el techo manchado encima de la escalera. Una gota cayó sobre el pasamanos. Otra le mojó la mano. Olía a jabón de tocador, de esos que vienen envueltos en papel.
El dueño llamó cuando Rocío estaba acomodando un balde. Le preguntó dónde había encontrado la llave. Ella empezó a contarle lo de la mujer, pero él la interrumpió: «¿Se la diste?». Rocío dijo que no. La tenía en el bolsillo del pantalón. Se tocó para comprobarlo. La cinta azul seguía afuera. El dueño respiró muy cerca del teléfono y le pidió que esperara en la vereda.
Rocío recogió la campera. Al cruzar frente a la escalera oyó una tos seca. La mujer estaba sentada en el descanso, de espaldas, con la cabeza apoyada contra la pared. «Si salís, dejame la llave», dijo. Rocío quiso explicarle que iba a volver enseguida. La mujer levantó una mano sin darse vuelta. Tenía la palma marcada por un círculo de piel blanca, como si hubiera sostenido durante mucho tiempo algo caliente.
La puerta de calle abrió sin problema. Afuera lloviznaba. Rocío se quedó debajo del toldo y mandó un audio a su hermana. Mientras hablaba vio moverse una cortina en el primer piso. Una mano abrió dos dedos de separación entre la tela y el vidrio. Rocío levantó la suya por costumbre. La mano de arriba hizo lo mismo. Tenía su misma pulsera roja.
El dueño llegó en zapatillas y con una bolsa de consorcio. Le pidió la llave y la dejó adentro. No miró la ventana. Le dijo que se fuera a su casa y que al otro día hablarían del turno. Desde el hotel llegó el ruido de una ducha. Rocío lo oyó cerrar la puerta principal con dos vueltas de llave. El agua siguió sonando un rato, incluso después de que apagaran todas las luces.
Su teléfono había quedado sobre el mostrador. Rocío lo recordó cuando ya estaba por subir al remís. El dueño le dijo que volviera por la mañana. Ella estaba esperando un mensaje de su mamá, que se había quedado con la nena, y pidió entrar solamente un segundo. Él abrió. Le dio la linterna de su llavero. «Hasta el mostrador», dijo.
El aparato estaba donde lo había dejado. Rocío lo agarró y vio un audio nuevo en el chat con su hermana. Duraba nueve segundos. Pensó que lo había mandado sin querer. Apretó reproducir mientras caminaba hacia la salida. Primero se oyó el motor del remís. Después, su propia voz, muy baja: «Ahora sí estoy sola». Rocío frenó. Ella no había dicho eso.
Una gota le cayó en la nuca. La luz de la linterna tembló sobre el techo. Encima del mostrador había una mancha húmeda, pequeña, que crecía desde el centro hacia los bordes. En el piso de arriba arrastraron una silla. La llave golpeó el cuaderno a su lado. Rocío la vio caer con la cinta azul empapada. Detrás del mostrador, del lado donde ella se sentaba, alguien soltó aire por la nariz.
No iluminó hacia ahí. Apoyó la linterna boca abajo y retrocedió hasta tocar la puerta con la espalda. En la oscuridad, la silla giró despacio. La mujer preguntó si podía quedarse con su turno. Ahora hablaba con la voz de Rocío. Al terminar la frase se oyó un chasquido húmedo, como el de una boca que se abre después de estar cerrada mucho tiempo.
El dueño la sacó al sentir que golpeaba la puerta. Rocío perdió un zapato en la entrada. No volvió a buscarlo. A la mañana siguiente le mandaron la liquidación y el número de un cerrajero que podía cambiarle la cerradura de su casa. Ella preguntó para qué. El dueño no respondió. Desde entonces, cuando deja las llaves sobre la mesa, siempre comprueba que estén frías.
