Ficción · Fantasmas

La casa del andén vacío

Cada noche, una ventana se enciende frente a la estación. La casa fue demolida hace veinte años.

La primera vez que vi la casa estaba esperando el tren de las once. Había llovido y el andén tenía ese olor a hierro mojado que se pega a la ropa. Del otro lado de las vías, entre un taller cerrado y un terreno baldío, una ventana amarilla iluminaba la vereda. Yo volvía de trabajar, tenía los zapatos húmedos y solo pensaba en llegar a casa. Por eso tardé en advertir que aquella ventana era la única luz de toda la cuadra.

Detrás del vidrio apareció una mujer. Llevaba una taza entre las manos y miraba hacia la estación, como si esperara a alguien. No hizo nada extraño. Apoyó la taza, acomodó una silla y volvió a mirar. Lo inquietante era la paciencia de sus movimientos. En un mundo de gente corriendo para alcanzar trenes, parecía tener todo el tiempo del mundo. Cuando levanté la cabeza, ella levantó la suya. Pasó una formación entre nosotros. Al despejarse las vías, la ventana estaba oscura.

La encontré durante una semana. Siempre a las once. Siempre con la taza. Empecé a elegir el mismo banco, aunque desde allí quedaba más lejos de las puertas. Una noche falté porque salí tarde del trabajo. A la siguiente, antes de que me sentara, la mujer señaló el reloj que tenía sobre la mesa. No podía ver sus números, pero comprendí el gesto. Me estaba diciendo que había llegado tarde. Me reí de mi propia interpretación, hasta que ella negó con la cabeza.

El viernes me saludó. Apenas los dedos contra el vidrio. Le devolví el saludo sin pensar y sentí una tristeza que no supe ubicar, una de esas tristezas viejas que sobreviven a lo que las produjo. El tren llegó con diez minutos de demora. Mientras esperaba, intenté recordar si había conocido a esa mujer. La estación sí me resultaba familiar: de chico venía con mi madre a visitar a una tía. A veces nos quedábamos tomando chocolate en un bar que ya no existía.

Al día siguiente pregunté en el kiosco por la casa. El hombre dejó de ordenar las monedas. «Ahí no hay una casa», dijo. Me señaló el terreno detrás del taller. En plena luz del día solo había una pared rota, pasto alto y un montón de ladrillos. Le expliqué lo de la ventana. No quiso escuchar el resto. Bajó la persiana de la heladera con más fuerza de la necesaria y preguntó si iba a comprar algo. Me llevé una botella de agua que no necesitaba.

Crucé por el paso peatonal. La pared conservaba las marcas de una puerta y, más arriba, un rectángulo de revoque distinto. El lugar donde yo había visto la ventana. Entre los yuyos encontré un azulejo blanco con una flor azul. Lo reconocí antes de saber de dónde. Era igual a los que había en la cocina de mi tía. Me quedé con él en la mano hasta que una bocina me hizo reaccionar. Del otro lado de las vías, el kiosquero me observaba sin moverse.

Esa noche llegué temprano. Me repetí que todo podía tener una explicación: un reflector, una ventana detrás del baldío, un recuerdo mal acomodado. A las diez y cincuenta crucé otra vez y apoyé la mano en la pared. Los ladrillos estaban tibios a pesar del frío. Escuché una cucharita contra una taza. Después una silla arrastrándose. El sonido venía del otro lado, de un espacio que por la tarde había recorrido entero y donde no había más que tierra.

No retrocedí enseguida. Primero dije «hola», con la voz ridícula que uno usa cuando teme molestar a un desconocido. La cucharita se detuvo. Una línea de luz apareció entre dos ladrillos. La línea creció hasta dibujar un marco. A las once exactas hubo una ventana. No fue como ver aparecer un fantasma. Fue peor: la pared se acomodó con naturalidad, como si la casa hubiera estado allí desde siempre y el error hubiera sido mío por no verla.

La mujer estaba sentada frente a dos tazas. Detrás de ella había una puerta con un vidrio verde y una planta que mi madre había intentado cuidar durante años. Recordé el azulejo. Recordé el chocolate. Y recordé una tarde en que había llorado porque perdí una bufanda roja. La mujer me indicó la silla vacía. Movió los labios y escuché su voz con una claridad imposible. «Hoy no te lo pierdas». No tenía tono de amenaza. Sonaba preocupada. Eso me dio todavía más miedo.

A mi espalda entró un tren. El andén estaba vacío. Las puertas no se abrieron. En sus ventanas vi pasajeros sentados, pero ninguno tenía rostro: donde debía haber ojos había un reflejo de la casa. La mujer miró hacia la formación y después hacia mí. Abrió la boca para decir algo. En ese momento sonó mi teléfono. Era mi madre. No había tenido noticias mías en todo el día y quería saber si estaba bien. Me aferré a su voz como a una baranda.

Corrí hasta el paso peatonal. Mi madre seguía hablando y yo le contestaba cualquier cosa, solo para que no cortara. Cuando volví a mirar, había ladrillos, pasto y un terreno oscuro. Tomé el tren siguiente casi media hora después. En el vidrio del asiento vi mi cara y, detrás de mi reflejo, a la mujer. Ya no sostenía una taza. Tenía la bufanda roja. No giré la cabeza. Miré mi teléfono hasta que llegamos a una estación con gente.

Le pregunté a mi madre por el bar y por la tía. Dijo que yo mezclaba recuerdos, que nunca habíamos tenido una tía cerca de aquella estación. Después se quedó callada. «¿Por qué preguntás por la bufanda?», dijo. Yo no la había mencionado. Me contó que el día que la perdí había desaparecido de su vista durante unos minutos. Me encontraron sentado en el baldío, hablando solo, frente a una pared. Dijeron que estaba esperando a alguien.

Desde entonces vuelvo por otro camino. Guardé el azulejo en una caja y no volví a preguntar. A veces sueño con la casa. Entro, me siento y la mujer me sirve chocolate. El sueño siempre se corta antes de que pueda verle bien la cara. Anoche fue distinto. Alcancé a mirar la segunda taza. Tenía mi nombre escrito en el borde. Y debajo, en letras pequeñas, había una fecha. Era la de hoy.

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