Ficción · Ovnis

La frecuencia que faltaba

Una vieja radio recibe mensajes del futuro. El último no tiene palabras: tiene coordenadas.

La radio era de mi abuelo. Una caja de madera con una aguja roja que se movía por una escala amarillenta. Cuando la enchufé, esperaba estática. En cambio escuché un boletín meteorológico para el viernes. Era martes.

El viernes llovió a la hora exacta que había anunciado la radio. Probé de nuevo. Entre dos emisoras apareció la transmisión: una lista de calles, una temperatura y el nombre de un barco. Grabé todo. Dos días después, la noticia del barco ocupó la televisión.

No era información importante siempre. Una vez escuché los resultados de un concurso escolar. Otra, una receta con demasiada canela. Lo inquietante no era el contenido, sino el silencio detrás de las voces. No había respiraciones ni música ni interferencia. Como si alguien leyera desde un lugar vacío.

La tercera semana apareció una voz distinta. Dijo una serie de números y después mi dirección. Pensé que había oído mal. La radio repitió la dirección, agregó «ventana del fondo» y se apagó.

Esa noche dejé todas las persianas bajas. A las cuatro vi una claridad azul filtrarse por los bordes. No escuché motores. La radio se encendió sin estar enchufada. La aguja roja, que siempre había estado torcida, quedó perfectamente derecha.

«No es el futuro», dijo la voz. «Es la recepción». Después sonó un ruido familiar: el de mis llaves cuando las dejaba sobre la mesa. El golpe de mi silla. Mi propia voz preguntando quién estaba ahí. Las palabras que acababa de decir, repetidas con medio segundo de retraso.

Abrí un centímetro la persiana. Sobre el patio flotaba una luz redonda. En su centro vi una habitación amarillenta con un hombre sentado junto a una radio. Era mi abuelo, joven, con la camisa que llevaba en las fotografías.

Él acercó la oreja al parlante. Yo también. De las dos radios salió un mismo mensaje: «No abran la ventana».

Bajé la persiana. La luz se fue. Al otro día, dentro de la radio encontré un papel doblado. Reconocí la letra de mi abuelo. Decía solamente: «Hiciste bien». Debajo, la fecha era la del día siguiente.

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