Ficción · Fantasmas
La última ronda
Un guardia recibe una alerta en una sala clausurada. En la cámara hay alguien haciendo su misma ronda.

A las dos y cuarenta y siete el monitor del puesto de seguridad mostró una alerta: movimiento en la sala ocho. La sala llevaba meses clausurada por una reforma que nunca comenzaba. Su cámara apuntaba a una puerta precintada y a un pasillo donde se acumulaban cajas. Conocía esa imagen de memoria. Había trabajado tantos turnos nocturnos que podía distinguir una bolsa movida por el aire de una persona antes de abrir la vista en grande. Aquella noche, sin embargo, tuve que mirarla dos veces.
Un hombre apareció al fondo del pasillo. Vestía el uniforme del turno noche y llevaba una linterna igual a la mía. Caminaba despacio, comprobando cada puerta con la mano izquierda. Yo también lo hacía así: la derecha sostenía la radio porque su botón se trababa. El hombre se detuvo delante de la sala ocho y alumbró el precinto. Después levantó la cara hacia la cámara. La imagen se congeló. Era yo. Hasta tenía el pequeño corte que me había hecho esa tarde junto al pulgar.
Miré la fecha del sistema. Correcta. Miré el reloj. Correcto. Pensé en una grabación antigua, aunque nunca había entrado en ese pasillo durante una ronda. Mi recorrido terminaba dos puertas antes. Cerré la vista y la abrí de nuevo. El hombre seguía inmóvil. El contador de segundos avanzaba en la esquina, pero el pecho del hombre no se movía. No parecía contener la respiración. Parecía una fotografía puesta dentro de una transmisión en vivo.

Llamé a Julián, mi compañero. Le tocaba revisar el depósito. No respondió. Probé otra vez y escuché el clic de su radio al abrirse. Esperé su voz. Lo que llegó fue un silbido corto: la melodía que yo repetía cuando estaba nervioso. Julián siempre me pedía que dejara de silbar porque le daba dolor de cabeza. «Muy gracioso», dije. Nadie contestó. Sobre la mesa, mi linterna parpadeó una vez. Estaba apagada y las pilas eran nuevas.
Busqué a Julián en las cámaras. El depósito estaba vacío. En la recepción había una silla fuera de lugar. En el patio, una lona se inflaba con el viento. Eran imágenes normales, y eso me tranquilizó lo suficiente para tomar las llaves. Antes de salir anoté la hora en el cuaderno de novedades. Cuando levanté la lapicera, descubrí una línea debajo de la mía. Decía «No completar la ronda». Estaba escrita con mi letra, pero la tinta había envejecido hasta ponerse marrón.

Fui hasta la sala ocho. Me obligué a contar las puertas y a escuchar el sonido de mis pasos. El pasillo tenía un olor húmedo que no recordaba. El precinto seguía intacto. Apoyé la linterna contra el vidrio de la puerta y no vi nada, solo mi reflejo. Puse la mano en el picaporte. Del otro lado alguien apoyó la suya exactamente al mismo tiempo. La presión fue suave. Sentí que la otra persona estaba esperando que yo decidiera cuál de los dos iba a abrir.
Lo solté. El picaporte del otro lado permaneció quieto. Una voz dijo: «No abras. Todavía no terminaste». Era mi voz, aunque sonaba más vieja y cansada. Pregunté qué tenía que terminar. Escuché una respiración, después el golpe de una radio contra la puerta. «Volvé al puesto», dijo. Retrocedí sin darle la espalda. La linterna iluminaba el suelo, pero mi sombra estaba delante de mí. Había una luz encendida detrás de la puerta que yo no podía ver.

En el puesto, la cámara de la sala ocho había cambiado. Ahora mostraba la mesa donde yo estaba sentado, mi radio, mi nuca y el cuaderno abierto. En el edificio no había ninguna cámara detrás de mi silla. Busqué el número del canal. Seguía siendo el ocho. Me levanté. En la pantalla, mi otro yo siguió sentado. Giró la cabeza lentamente. Su expresión no era amenazante. Parecía alguien que había pasado muchas noches intentando explicar lo mismo sin conseguir que lo escucharan.
Señaló el reloj de la pared: las dos y cuarenta y siete. Miré el reloj real. La aguja del segundero vibraba sobre una marca sin pasar a la siguiente. Mi teléfono mostraba la misma hora. Intenté llamar a mi mujer. El tono sonó una sola vez y escuché mi propia voz al otro lado. «Está durmiendo», dijo. Corté. No volví a tocar el teléfono. Sentí una vergüenza absurda por haberla metido en aquello, como si la llamada hubiera abierto una puerta en casa.
La radio crujió. Era Julián. Me preguntó dónde estaba porque me había visto pasar hacia el patio. Le dije que no había salido. Quedó callado un momento. Después bajó la voz: «Entonces hay alguien con tu ropa acá». Le pedí que volviera al puesto y no se acercara a nadie. Su respuesta quedó cortada por un silbido. El hombre del monitor cerró los ojos. Había movido los labios al mismo tiempo que yo le hablaba a Julián.

Busqué el historial de la sala ocho. Encontré alertas de meses anteriores, todas a la misma hora. En las capturas cambiaba el rostro del guardia, pero nunca su postura. Todos levantaban la vista hacia la cámara. Abrí la más vieja. Reconocí a un empleado que se había ido antes de que yo entrara. En el comentario del evento alguien había escrito «ronda incompleta». Entendí por qué en el cuaderno se repetía la advertencia. No debía buscar a mi compañero. Tenía que esperar a que terminara la noche.

Julián apareció en la puerta del puesto unos minutos después. Venía pálido y sin la radio. Se quedó mirando el monitor y dijo que lo apagara. No me preguntó quién estaba en la imagen. Le acerqué una silla. Nos sentamos sin hablar. Cada tanto alguien caminaba del otro lado del vidrio del puesto. Podíamos ver el movimiento del uniforme en el reflejo del monitor, pero cuando mirábamos directamente al pasillo no había nadie. No salimos. Tampoco contestamos cuando llamaron a la puerta.
A las seis llegó el relevo. El reloj volvió a funcionar con un clic tan fuerte que los dos dimos un salto. En la pantalla solo había cajas y una puerta precintada. Dije que necesitaba unos días. Julián dejó las llaves sobre la mesa y se fue antes de que le preguntaran nada. Yo abrí el registro de eventos por última vez. Había una alerta nueva: «Sala ocho. Ronda pendiente». Debajo figuraba mi nombre. La fecha era la del día siguiente. La hora, esta vez, era la de mi entrada.