Ficción · Fantasmas
La voz en la lluvia
Alguien llama desde un teléfono público desconectado. Solo sucede cuando llueve.
El teléfono público de la esquina llevaba años sin cable. Nadie lo retiraba. Su cabina servía de refugio cuando llovía y, a veces, de depósito de volantes. Una noche escuché que sonaba desde mi balcón. Tres timbres, una pausa, tres timbres.
Bajé con un paraguas. Había agua dentro de la cabina. Levanté el tubo y una mujer me pidió que avisara en el número cuarenta y dos que iba a llegar tarde. Su voz era cálida, tranquila. Antes de que pudiera responder, se cortó.
En el cuarenta y dos vivía un hombre mayor. Cuando le transmití el mensaje no preguntó quién llamaba. Me dio las gracias y cerró despacio. Me pareció una broma extraña hasta que vi que había dejado encendida la luz del porche toda la noche.
La siguiente tormenta trajo otra llamada. Esta vez la mujer pidió que no dejaran la comida en el horno. Fui de nuevo. El hombre me invitó a pasar. Había dos platos sobre la mesa. Uno tenía la comida fría.
«Mi esposa volvía siempre en el último colectivo», me contó. «Un día hubo una tormenta y el camino se inundó. No volvió». Miró el segundo plato. «Yo igual dejo la luz. Por si un día encuentra la esquina».
Durante meses llevé sus mensajes. Casi todos eran pequeños: una compra pendiente, una bufanda, la llave de atrás. Jamás preguntó por qué yo contestaba. Jamás pidió hablar con él.
Una madrugada la voz sonó distinta. «Decile que hoy sí», dijo. «Que lleve abrigo». Corrí al cuarenta y dos. El porche estaba a oscuras. El hombre había dejado las dos sillas juntas junto a la puerta y una nota para mí: «Gracias por hacer de puente».
Al amanecer llegó su hija. No tuve que explicarle la nota. La guardó sin leer y me abrazó. El teléfono ya no volvió a sonar.
A veces, cuando llueve, veo dos sombras bajo el refugio del colectivo. Están tomadas de la mano. El agua cae a su alrededor, pero sus abrigos nunca se mojan.