Leyenda · Leyendas argentinas
El Lobizón
Los perros dejaron de ladrar. En el barro quedaron huellas que cambiaban de forma.
El Lobizón forma parte del imaginario del Litoral, según la Biblioteca Nacional. Educ.ar lo estudia junto con la tradición del hombre lobo. Esta narración es una adaptación original; sus personajes y sucesos son ficticios.
En la casa de los Vera nadie hablaba de los ruidos del galpón. Los perros ladraban hasta la medianoche y después se metían debajo de la mesa. Clara suponía que era un zorro. Su hermano menor decía que los zorros no sabían levantar el pestillo.
La noche del temporal, una chapa se desprendió del techo. Clara salió con una linterna para asegurarla. El barro guardaba una fila de pisadas humanas que iba desde la cocina al galpón. A mitad del recorrido, las marcas se volvían más hondas. Más adelante ya no parecían pies.
Desde adentro llegó un jadeo. Clara apuntó al hueco de la puerta y vio una espalda enorme, cubierta de pelo oscuro. La criatura estaba encorvada sobre un balde vacío. Al escuchar su nombre, giró apenas. Tenía una mirada que ella conocía, pero no encontró ninguna palabra que pudiera decirle.
Volvió a la casa sin correr. Detrás suyo, el pestillo subió despacio. En la cocina la esperaba su hermano, descalzo y temblando. Preguntó quién había estado afuera. Clara no respondió. La linterna seguía apuntando al piso: debajo de la mesa, el agua que caía de sus manos había formado dos manchas con la misma forma que las huellas del galpón.
Al amanecer, la lluvia había borrado el camino. Su hermano ayudó a reparar la chapa. Cuando le alcanzó el martillo, Clara vio que tenía barro seco debajo de las uñas. No era el barro rojo del patio. Era negro, como el que se acumulaba detrás del balde.
Fuente tomada de: Educ.ar · Los textos narrativos: la leyenda