Ficción · Misterio
La encomienda · 3. Recibida por una persona
Serie original La encomienda · capítulo 3 de 3. Ficción. Esta entrega cierra el arco principal.
Vera descubre que corregir una guía exige reconocer a la persona que quedó encerrada en ella. Final de la serie.
Vera no firmó el remito nuevo. Tomó el original y tachó la palabra devuelta. El papel se puso tibio. La figura de Elena dejó de moverse dentro de la casa. Andrés creyó que habían empeorado todo. Vera buscó un formulario de recepción y escribió el nombre completo de la mujer, sin usar el número de carga.
El exchofer dijo la fecha de la tormenta. Esta vez la recordó sin consultar el libro. Contó que el dueño le había pedido cerrar la guía para cobrar el seguro y que Elena se negó a firmarla. Discutieron en la cocina de la casa. Después él salió y no volvió a verla. Durante años había llamado a eso una renuncia porque la palabra le permitía seguir trabajando.
A medida que hablaba, las cajas del depósito perdían sus marcas de humedad. Las facturas se separaban, como si alguien las despegara con paciencia. Dentro de la maqueta, Elena se levantó. No caminó hacia la puerta del techo. Fue a la cocina y recogió la taza que había aparecido otra vez sobre la mesa.
Vera le pidió al exchofer que firmara su declaración. Él escribió cada renglón a mano. Andrés fotografió los documentos y llamó a la comisaría. Nadie prometió una explicación para la casa. Sí aceptaron revisar una desaparición que el archivo de la empresa había reducido a dos casillas contradictorias.
La puerta del depósito se abrió aunque la llave seguía en el mostrador. Una mujer entró con el cabello húmedo y una carpeta contra el pecho. Era mucho mayor que en la fotografía. Vera sintió alivio y enseguida miedo: había imaginado que Elena regresaría exactamente como se había ido. La mujer miró sus manos, la persiana y la calle, tratando de calcular algo que no encontraba en ninguna parte.
No preguntó por el dueño. Preguntó por su hijo. El exchofer empezó a llorar y Vera comprendió que un regreso no arregla los años perdidos. Encontraron el teléfono de un hombre que ya tenía hijos propios. Elena habló con él desde la oficina, con la puerta cerrada. Nadie escuchó la conversación.
Al terminar, dejó la carpeta sobre el mostrador. Adentro estaban las copias de las dos entregas pendientes. Una era la casa; la otra, un paquete de fotografías para su hijo. Elena firmó la recepción de las fotos. Vera puso el nombre de una persona en la casilla del destinatario y se aseguró de no escribir simplemente recibido.
La maqueta se desarmó sin ruido. Quedaron ladrillos de cartón, una taza pequeña y un cilindro vacío. Andrés no tiró nada. Los guardó en una caja con los documentos, aunque el acta del procedimiento solo mencionó objetos y testimonios. Nadie necesitó inventar un diagnóstico sobrenatural para abrir la investigación.
Vera terminó el contrato y se fue a otro empleo. Antes de salir, Elena le regaló la taza en miniatura. Era liviana, sin ninguna marca especial. La tiene junto al teclado, al lado de una foto que Elena le mandó unos meses después: una mesa al aire libre, un hombre canoso y dos chicos haciendo caras. No se distingue quién tomó la imagen. Vera nunca lo preguntó. Cuando un formulario le ofrece cerrar un problema con una palabra demasiado fácil, levanta la vista y mira esa mesa.
