Ficción · Ovnis
Tres luces sobre el campo
El cielo se queda quieto. Tres puntos de luz responden a una señal que nadie hizo.
El auto se detuvo antes de llegar al puente. No tosió, no tironeó. Simplemente dejó de hacer ruido. La ruta estaba vacía y la radio quedó encendida, repitiendo los últimos dos segundos de una canción. Bajé para llamar al seguro, pero el teléfono no tenía señal.
Del otro lado del alambrado vi tres luces formando un triángulo. Eran blancas, aunque a veces parecían verdes. Se movían juntas sin acercarse ni alejarse, como si el cielo fuera una hoja y alguien estuviera deslizándolas con el dedo.
Encendí la linterna del celular. Las luces se apagaron. La apagué. Volvieron a encenderse. Hice dos destellos. El triángulo respondió con dos destellos. Me reí por nervios y guardé el teléfono. En el campo, algo golpeó una chapa tres veces.
La radio dejó de repetir la canción. Sonó una voz grave: «No llegaste tarde». Revisé el asiento. No había nadie. La pantalla marcaba una frecuencia imposible, una fila de ceros. La voz volvió a decirlo, esta vez con la voz de mi padre.
Mi padre estaba vivo. Lo había llamado esa misma tarde. Precisamente por eso me asusté más. La voz era exacta, pero usaba una frase que él nunca decía. Encendí la linterna y la apunté al piso. Las luces del cielo bajaron unos metros.
No vi una nave. Vi algo peor: en medio del triángulo había un rectángulo oscuro, y dentro del rectángulo estaba la misma ruta. Mi auto. Yo, con el teléfono en la mano. Solo que el otro yo miraba hacia abajo, como si estuviera parado sobre un vidrio.
Dio un paso. Yo di otro sin querer. Él levantó el brazo. Sentí que el mío empezaba a levantarse. Entonces el auto arrancó solo. El ruido cortó el aire como un golpe. Las tres luces se separaron y desaparecieron, cada una en una dirección distinta.
Llegué al pueblo al amanecer. En el teléfono había doce llamadas de mi padre. Cuando lo llamé, me preguntó por qué había pasado por su casa a las tres de la mañana sin querer entrar. «Me quedé hablando en la vereda con vos», dijo.
Le pregunté de qué habíamos hablado. Hubo un silencio. «De que esta vez no habías llegado tarde». Nunca le conté que a esa hora yo todavía estaba al lado del puente.