Ficción · Misterio
La luz del bajo
Ficción original de Todo Puede Pasar inspirada en el motivo de la Luz Mala. No es un testimonio ni una versión documental.
Una entrega antes de la crecida. Una voz pide ayuda desde un terreno donde no debería haber nadie.
A Inés le ofrecieron el trabajo porque conocía los caminos del bajo. Tenía que llevar medicamentos a tres puestos rurales antes de que la crecida aislara el acceso. El sueldo era poco, pero llevaba meses viviendo de changas y aquella camioneta prestada le permitía volver a hacer algo que no dependiera de pedir favores. Su padre le indicó los desvíos sobre una servilleta. En el último dibujó una cruz. «Ahí no tomes el atajo, aunque parezca seco».
Salió después del almuerzo con el hijo de una vecina. Mateo tenía dieciséis años y filmaba cada curva para subir un video. Inés le pidió que guardara el celular: necesitaba a alguien que abriera tranqueras y mirara el suelo. Él aceptó, ofendido, hasta que el primer puesto les regaló un pan todavía caliente. El viaje empezó a parecer una salida de dos personas que sabían arreglarse.
Al regresar encontraron el camino cubierto. No corría mucha agua, pero una rama giraba sobre el mismo punto y eso bastó para que Inés no intentara pasar. Les quedaban cuarenta minutos de luz. El desvío de la servilleta añadía casi una hora. Mateo señaló un terraplén que cruzaba el pasto. A lo lejos se veía un resplandor, como el farol de una casa.
La luz se movió a la derecha. Después se quedó quieta. Inés puso las balizas para hacerse ver y Mateo agitó los brazos. Nadie respondió. En el teléfono de su padre figuraba una llamada perdida, pero cuando intentó devolverla oyó solamente el tono de ocupado. Decidió seguir el desvío, con el terraplén a su izquierda.
Durante un kilómetro la claridad pareció acompañarlos. No avanzaba con velocidad constante: se adelantaba y esperaba. Mateo abrió la ventanilla. Dijo que había escuchado a un hombre pedir ayuda. Inés detuvo la camioneta y apagó el motor para oír mejor. El campo hizo silencio de golpe. Ni siquiera se escuchaba el agua bajo las ruedas.
La voz llegó otra vez. No llamó a ninguno por su nombre ni dijo una frase imposible. Dijo algo mucho más eficaz: «No me dejen acá». Inés bajó con la linterna. Mateo quiso acompañarla, pero ella le pidió que se quedara cerca del vehículo. Ató una cinta roja a la puerta para reconocerla desde el pasto. Llevaba un botiquín y la vergüenza de estar asustada cuando alguien podía necesitarla.
La luz estaba más lejos de lo que parecía. Caminó unos treinta metros y encontró una tranquera enterrada hasta la mitad. No había casa, huellas ni un lugar seco donde una persona pudiera haber apoyado los pies. Llamó. La respuesta vino de su espalda. Se dio vuelta y vio la claridad junto a la camioneta. Mateo había salido y caminaba hacia ella.
Le gritó que se detuviera. El muchacho no reaccionó; miraba algo a la derecha, donde Inés solo veía pasto. Ella dio un paso para alcanzarlo y el suelo cedió. Metió una pierna hasta la rodilla. El barro no era blando como el de una huella: tenía una consistencia lisa, fría, que le sujetaba el tobillo. Soltó el botiquín para agarrarse de la tranquera.
Mateo escuchó el golpe de la caja y volvió a mirarla. Entre los dos tiraron hasta sacar la pierna, dejando una zapatilla en el barro. La luz se apagó mientras Inés recuperaba el aire. Cuando volvieron a la camioneta descubrieron que la cinta roja estaba atada a un poste cincuenta metros más adelante. La puerta del vehículo no tenía ninguna cinta.
Pasaron la noche sin moverse. Compartieron el pan y una manta. Mateo confesó que había creído ver a su abuelo detrás de Inés. Estaba vivo, en su casa; la imagen no pedía que volviera del pasado. Pedía que caminara hacia algo que no conocía. Inés le contó que había escuchado una voz. Dejaron de discutir qué había sido y se concentraron en no perder el lugar donde estaban.
Con el amanecer llegó su padre en un tractor. No los retó. Les mostró el borde de una zanja cubierta por el agua, a pocos pasos del terraplén. Desde la cabina no se distinguía. Cuando levantó el botiquín, Inés vio que la servilleta del recorrido estaba dentro de la caja, aunque recordaba haberla guardado en el tablero.
Entregó los medicamentos el día siguiente, con el padre al volante. Mateo no publicó el video. Lo vieron juntos una sola vez: mostraba a Inés inmóvil junto a la tranquera y una claridad pequeña sobre el barro. No se escuchaba ninguna voz. El muchacho borró la grabación, pero dejó una foto del pan envuelto en la manta. Inés la conserva. Cada vez que alguien le pregunta por la Luz Mala, empieza por esa imagen: dos personas que lograron quedarse quietas hasta que volvió el día.
