Ficción · Misterio
La miel del monte
Ficción original de Todo Puede Pasar inspirada en el Pombero. Los personajes y la trama son nuevos; no describen una experiencia real.
Una hija vuelve para vender una chacra y descubre que el cuaderno de su madre todavía tiene cuentas abiertas.
Celia volvió a la chacra para limpiar los papeles de su madre. No pensaba quedarse. Había conseguido trabajo en una ciudad donde nadie preguntaba de qué familia era y eso le parecía una ventaja suficiente. El vecino le entregó una caja con recibos, semillas y un cuaderno de tapas blandas. Su madre había anotado cada cosecha, cada deuda y algunos nombres que Celia no reconocía.
La primera noche encontró un frasco de miel sobre el escalón de la galería. Estaba cerrado con un trapo limpio. Pensó que lo había dejado el vecino y llevó la caja vacía al portón. Él negó con la cabeza. No producía miel desde hacía años. Le preguntó si Celia había revisado el último renglón del cuaderno. «Tu madre no dejaba de anotar porque se le acabaran las cosas», dijo.
La última página decía: una parte para quien queda afuera. No había dibujos ni palabras misteriosas. Celia reconoció la letra apretada de su madre, que apuntaba también los huevos que regalaba y las herramientas que prestaba. Cerró el cuaderno con fastidio. Después de todo lo que le había dejado por ordenar, todavía parecía encontrar una tarea más.
En el fondo de la chacra había un limonero rodeado por una franja de monte que su madre nunca quiso limpiar. Celia había contratado una máquina para ensanchar el paso. El operario llegó al día siguiente y pidió que le marcaran los árboles que podía cortar. Ella ató cintas a los troncos y lo dejó trabajando mientras clasificaba los recibos.
A media mañana la máquina se detuvo. Una manguera nueva había perdido presión. El operario mostró una mordida limpia en el caucho, demasiado regular para un animal. Quedaron en volver después de conseguir el repuesto. Esa tarde Celia encontró la cinta del limonero dentro del frasco de miel. Estaba doblada en cuatro, sin una mancha.
El vecino le contó que su madre decía convivir con el Pombero. No afirmó haberlo visto. Explicó una costumbre: dejar algo pequeño y no tratar cada rincón del monte como si estuviera vacío. Celia se rio de la idea. Después recordó que la máquina iba a llevarse también el banco donde su madre se sentaba a desgranar choclos. Le costó distinguir qué parte de su enojo iba dirigida al relato y cuál a ese recuerdo.
Al anochecer oyó un silbido. Parecía una imitación torpe de un pájaro, seguido de dos golpes contra madera. Prendió la luz de la galería. A la altura de los arbustos se movió una figura baja, pero cuando tomó la linterna solo encontró hojas húmedas. La rama del limonero seguía oscilando, aunque no había viento.
Celia no dejó una ofrenda por miedo. Abrió la miel porque tenía hambre y terminó comiendo directamente del frasco. Sobre el banco encontró después un manojo de llaves que llevaba horas buscando. Eran las del galpón. Su madre había colgado en el llavero una cuenta de vidrio verde, y ahora la cuenta tenía una grieta.
Entró al galpón con la linterna. Descubrió cajas de herramientas que había prometido vender por kilo. En una de ellas estaba el martillo del vecino, en otra un serrucho con las iniciales de su tío. El cuaderno identificaba cada préstamo. Las deudas no eran solamente dinero que alguien le debía a su madre: también eran cosas que ella había guardado para devolver cuando encontrara tiempo.
Al día siguiente visitó tres casas con la camioneta cargada. Escuchó historias pequeñas, muchas incómodas. Su madre había sido generosa, pero también terca y orgullosa; podía pasar años sin pedir disculpas y aun así dejar una bolsa de verduras en una tranquera. Celia reconoció a una persona menos perfecta y más parecida a ella. Esa noche escribió el primer renglón propio en el cuaderno.
El operario volvió el lunes. Celia le pidió que abriera el paso por otro lado y conservara la franja de monte. El hombre cambió el presupuesto. La decisión le costó dinero que no le sobraba. Mientras él trabajaba, ella reparó el banco. Los golpes del martillo recibieron una respuesta detrás de los árboles: dos secos, uno más lento. Celia mantuvo el ritmo hasta terminar el último clavo.
No se quedó a vivir en la chacra. Aprendió a volver sin tener que resolver toda la vida de su madre en un fin de semana. A veces encuentra miel; otras, nada. Nunca vio al ser al que el vecino pone nombre. Pero hay algo que cuenta sin convertirlo en una prueba: cuando devuelve una herramienta, la cuenta verde del llavero recupera su transparencia. Cuando promete hacerlo y se olvida, aparece una grieta nueva.
