Ficción · Misterio
La encomienda · 1. El paquete sin remitente
Serie original La encomienda · capítulo 1 de 3. Ficción de misterio; todos los capítulos están disponibles.
Una archivista recibe una casa en miniatura. Al mover sus objetos, algo responde dentro del depósito.
A Vera le dieron la llave del depósito con una condición: no recibir mercadería fuera de horario. El local cerraba a las seis y el barrio se vaciaba cuando salían las últimas combis. Ella había aceptado ordenar el archivo de una transportista mientras buscaba otro trabajo. Cajas con facturas, guías de viajes y remitos que nadie sabía por qué seguían ocupando lugar.
El paquete llegó a las seis y diez. Un motociclista apoyó un cilindro de cartón sobre el mostrador, pidió una firma y se fue sin quitarse el casco. Vera firmó por costumbre. La etiqueta no tenía remitente ni teléfono. Solo una dirección escrita a máquina: calle de la estación, sin número. En la ciudad no existía ninguna calle con ese nombre.
Adentro encontró una maqueta de una casa, tan precisa que cada ladrillo tenía una grieta distinta. La cocina conservaba una taza apoyada en el borde de la mesa. En el techo había una puerta en lugar de una chimenea. Vera la abrió con la punta de una regla y vio una habitación pequeña, con un mostrador idéntico al de la transportista.
Sobre el mostrador de la maqueta había un cilindro de cartón. Intentó levantarlo con una pinza, pero la caja entera se movió. Desde el depósito llegó un golpe. Se sobresaltó y dejó caer la pinza. Algo metálico cayó también dentro de la maqueta.
Su jefe, Andrés, volvió porque había olvidado el teléfono. Le mostró la casa. Él la reconoció: era la que aparecía en el logo antiguo de la empresa. El dueño había empezado recibiendo encomiendas en su cocina. El barrio había cambiado de nombre y la casa fue demolida cuando ampliaron la estación. Andrés no sabía por qué alguien querría enviarla de vuelta.
Vera buscó el remito que había firmado. La firma era suya, pero debajo figuraba el nombre de otra persona, Elena Alvarado. La fecha estaba incompleta. Andrés decidió dejar el paquete junto a las devoluciones y revisar las guías al día siguiente. Cuando apagaron la luz, una ventana de la maqueta quedó encendida.
Al cerrar la persiana oyeron pasos dentro del depósito. Andrés abrió y recorrió los pasillos. Nada faltaba. Vera le pidió que no tocara la casa hasta saber de dónde había venido. No sabía cómo justificarlo. Solo quería que una cosa conservara su posición mientras las demás parecían empezar a cambiar.
A la mañana siguiente encontraron el local limpio. Las cajas estaban ordenadas por año y los remitos atados con cintas de tela, aunque nadie tenía llave además de ellos. Sobre el mostrador había una hoja escrita a mano: faltan dos entregas. Vera miró la maqueta. La taza ya no estaba en la cocina. Una persona diminuta esperaba sentada detrás del mostrador, con las manos apoyadas sobre un cilindro de cartón.
